Radiografía sentimental del chavismo (XV): Cómo es posible

Nota: Reinaldo Antonio Iturriza López, sociólogo y escritor, periodista – Venezuela

Dentro de la campaña “Construyendo Castilla” y antes de la celebracion el 23 de abril de Villalar de los Comuneros tendrán lugar una serie de charlas…

Perdí la cuenta de la cantidad de veces que, frente a una injusticia o atropello cometido por algún dirigente, funcionario público o, pongamos el caso, algún efectivo militar, el auditorio responde visiblemente indignado, preguntándose cómo es posible que cosas así sucedan en revolución.

De hecho, con alguna frecuencia, sobre todo cuando los atropellos son reiterados o muy escandalosos, cuando campean la impunidad o el silencio cómplice, parte del auditorio se apresura a sentenciar que eso de revolución no es más que una farsa, que a lo sumo hay un remedo de revolución, liderizada por gente poco menos que dispuesta a mover siquiera un dedo para corregir entuertos.

Es perfectamente comprensible la indignación, aunque, como lo planteara alguna vez (1), si ella se va a traducir en impotencia política, es cualquier cosa menos deseable.

Antes que todo, y sin ninguna pretensión de dictar cátedra sobre el asunto, habría que preguntarse qué entendemos por revolución.

Podría decirse que la revolución es, por definición, conflicto, esto es, todo lo contrario de ausencia de injusticias. Y si bien es cierto que los líderes de una revolución tendrían que hacer todo lo posible por combatir desmanes y atropellos, no es menos cierto que los líderes no hacen la revolución. La lideran, para bien o para mal. De hecho, alguien más ha delegado en ellos la responsabilidad de liderar o, dicho más claro, mandar obedeciendo.

Si un líder no es capaz de mandar obedeciendo, es decir, si se cree el cuento de la representatividad, si se siente cómodo no solo desoyendo los reclamos, sino desobedeciendo el mandato de los liderados, pues es un pésimo líder. En tal caso, quienes han delegado en él la responsabilidad de liderar, tienen no solo el pleno derecho sino la obligación de parir nuevos liderazgos.

El liderazgo real, genuino, de una revolución popular y radicalmente democrática, descansa en el conjunto de los liderados: son ellos los que han de mandar y son los líderes los que han de obedecer. En ellos reside la potencia que hace posible las revoluciones. Unos y otros provienen del mismo pueblo: si el líder ocupa tal posición de manera circunstancial, será por mandato popular.

Se dirá que el problema es que abundan los pésimos líderes, que para colmo de males no tienen intención de dar su brazo a torcer, porque es mucho lo que está en juego. Pero es que esa es precisamente una de las cosas que los hace pésimos líderes. El punto es que el obcecamiento del peor líder es nada frente al poder de los que mandan. Lo que hay es que poder mandar. Y mandar es asunto de potencia popular.

Si la indignación frente a la injusticia nos conduce a la impotencia, estamos perdidos de antemano. No hay nada que hacer. Corrijo: lo primero que hay que hacer es sacudirse la impotencia.

No iremos a hacer como los obsecuentes, que callan cuando se comete una injusticia y voltean a otro lado, porque no es el momento, porque es preciso no meter el dedo en esa llaga, porque no se pueden exponer las heridas abiertas en revolución. Pero los golpes de pecho de los impotentes no ayudan en nada. Al contrario, ellos son alimento para el alma de los obsecuentes, calmos, imperturbables y firmes como estatuas, y nada pueden contra los obcecados.

Las injusticias hay que exponerlas. Pero eso es tan solo el primer paso. Hay que exponerlas para multiplicar nuestra potencia de actuar.

Ciertamente, hay quienes deciden exponer las injusticias cuales justicieros que vienen a declarar la revolución perdida. Vaya usted a saber qué sed de justicia puede haber en semejante elegía a la impotencia. Hay gente sedienta de derrota.

Por eso hay que saber distinguir entre quienes exponen las injusticias para combatirlas o porque las están combatiendo, y quienes las exponen con la intención de convencernos de que ya no hay razones para pelear.

Por supuesto que en una revolución se cometen muchas injusticias, errores, excesos. Peor aún, muchas injusticias se cometen en nombre de la revolución. No es cosa de resignarse, todo lo contrario: pero qué otra cosa podía esperarse de una hechura humana de proporciones tan monumentales.

¿Cómo es posible? No solo es posible, sino inevitable. Pero una certeza tal solo tiene sentido si somos capaces de no olvidar que una revolución como la nuestra es lo que hacen los pueblos cuando desean hacer posible lo que hasta hace muy poco parecía imposible: un mundo más justo, un lugar donde sea el pueblo el que mande.

Foto: Chávez cerro arriba, por La Piedrera, en diciembre de 2010, cuando una vaguada dejó alrededor de 120 mil personas sin vivienda. Pocos meses después lanzaría la Gran Misión Vivienda Venezuela.

Gran Misión Vivienda Venezuela.

Gran Misión Vivienda Venezuela.

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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