Radiografía sentimental del chavismo (XIII): Fortaleza asediada

Nota: Reinaldo Antonio Iturriza López, sociólogo y escritor, periodista – Venezuela

Por qué a alguna gente le resulta tan difícil comprender que para un sujeto político como el chavismo es inconcebible la guerra sin épica

Usted está dentro de una fortaleza que está siendo asediada. Como corresponde, usted está defendiéndola con todas sus fuerzas. En medio del combate observa a alguna gente dentro de la fortaleza que, en lugar de defenderla, y mientras dice defenderla, la está saqueando. ¿Es usted un traidor si acusa a los saqueadores? ¿O es usted un traidor si guarda silencio?

Nadie en su sano juicio apostará por el silencio. A menos, por supuesto, que se trate de los saqueadores o de sus cómplices. Pero incluso en tal caso, puede que el impostor aplique la del carterista callejero que, para despistar a los transeúntes desprevenidos, comienza a gritar: “¡Al ladrón, al ladrón!”.

De manera que lo del silencio raya en el falso dilema. Para quienes defendemos la fortaleza, el silencio sencillamente no es una opción. El asunto es cómo romperlo.

Con mucha frecuencia nos planteamos otro falso dilema: guerra económica o corrupción. Ciertamente, se ha hecho tal abuso de la expresión guerra económica, que de un tiempo a esta parte su sola mención suele generar un rechazo inmediato. El problema con la expresión es que ella supone lo que hay que explicar: no se puede prescindir tan ligeramente de las mediaciones, de eso que nos permite comprender cómo se manifiesta, cuáles son sus efectos, cómo operan las fuerzas involucradas. Es decir, como en toda guerra, los asuntos relativos a la táctica y la estrategia.

Además, como es lógico, es preciso explicar qué se está haciendo para enfrentar la agresión. Es muy frecuente escuchar comentarios del tipo: en una guerra se dispara de lado y lado, y en este caso los disparos los estamos recibiendo solo nosotros.

La cosa se complica cuando la expresión es empleada por personajes que no son, en lo absoluto, referentes éticos del chavismo. Entonces, lo de guerra económica suena a puro pretexto, a cortina de humo para, en el peor de los casos, volver las armas contra el mismo pueblo que se dice defender, o para disimular lo que se percibe popularmente como la más completa ausencia de acciones contraofensivas. De nuevo: como si la guerra económica fuera una fatalidad, algo a lo que tenemos que resignarnos, mientras alguien más nos asiste y nos ayuda a curar algunas de nuestras heridas.

Es realmente un misterio por qué a alguna gente le resulta tan difícil comprender que para un sujeto político como el chavismo es inconcebible la guerra sin épica, es decir, una guerra en la que las clases populares quedan reducidas al papel de víctimas que hay que proteger. Nada más alejado del carácter del chavismo que, naturalmente, ha venido construyendo su propio relato de la guerra, no solo porque padece sus cruentos efectos, sino porque no está dispuesto a permanecer pasivo.

La guerra es real, por supuesto, y no solo se expresa en el campo económico. El problema, en buena medida, son las profundas limitaciones del discurso oficial sobre la guerra. Son estas limitaciones, sumado a la desorientación popular que es propia de situaciones de esta naturaleza, las que explican el falso dilema: guerra económica o corrupción.

Si colapsan los servicios públicos, uno de los objetivos de la guerra híbrida contra Venezuela, no se puede despachar el asunto atribuyéndole el hecho a la guerra económica, cual si fuera una expresión mágica dotada de poderes omniexplicativos. Puesto que los servicios públicos también colapsan porque hay funcionarios corrompidos que le apuestan al colapso, porque la situación les permite lucrarse. De igual forma, hay elementos dentro de las instituciones que ven con buenos ojos su privatización, y el funcionariado corrompido actúa de hecho como cabeza de playa, creando las condiciones para eventualmente lograr tal objetivo.

¿A quién conviene esta situación? El funcionario corrompido se lucra, al igual que los elementos privatizadores. Pero el principal beneficiario es quien mantiene el asedio contra la fortaleza. Alguien más está haciendo el trabajo de zapa por él, alguien más está haciendo estragos tras las líneas enemigas, en nuestro territorio.

No existe tal dilema: guerra económica o corrupción. Sin pretender en lo absoluto salvar la responsabilidad de nadie, es rigurosamente cierto que la corrupción es expresión de la degradación cultural que inducen quienes nos hacen la guerra. Y no es un fenómeno nuevo: pasa desde la Conquista. Se degrada conquistando y se domina degradando a la población, induciendo la corrupción de sus líderes, de sus instituciones. El problema no es moral, sino fundamentalmente político. Quienes nos asedian celebran sus victorias parciales cuando nos ven planteándonos esos falsos dilemas, y sintiéndonos miserables por los niveles a que ha llegado nuestra degradación.

Romper el silencio es la vía más expedita para detener este proceso de degradación. Y la mejor manera de hacerlo es actuando sin contemplaciones contra quienes saquean la fortaleza, muchas veces a la vista de todos, traficando con alimentos o medicinas en plena vía pública, contrabandeando, exigiendo pagos indebidos en dinero o en especies a productores en las carreteras, y otras tantas veces al margen del escrutinio público, firmando acuerdos con elementos de la burguesía parasitaria, ofreciéndoles a quienes ya de por sí nos llevan ventaja, todas las ventajas habidas y por haber para que nos sigan saqueando.

Podrá alegarse, con toda la razón, que la acusación generalizada y sin pruebas es tan inaceptable como contraproducente, y que ella misma es expresión de la degradación que deseamos conjurar. Pero cuando tantas pruebas resultan tan evidentes, traición es no actuar. No actuar es como abrir las puertas de la fortaleza mientras se dice defenderla, traicionando a un pueblo dispuesto a pelear.

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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