El fin de la dictadura mimada del Plan Condor: Paraguay a 30 años

FOTO: El Gral. Stroessner de visita en la Casa Blanca, conversa con Lyndon B. Johnson, presidente de los Estados Unidos. Foto: Portal Guaraní.

Nota: Víctor-jacinto Flecha- periodista – escritor – historiador –  Paraguay

PARAGUAY  a 30 años

Este 2 y 3 de febrero de 2019 se cumplen  30 años del golpe de Estado que logró derrocar al dictador Alfredo Stroessner de la presidencia de le república del Paraguay, luego de 35 años de poder absoluto y el advenimiento de las libertades públicas que más tiempo ha existido en toda la historia de este país. Sin embargo, el gobierno actual no ha agendado ninguna conmemoración oficial por tal magna fecha. Como si con ello, quisiera coronar la política del olvido que existiera una dictadura militar en décadas anteriores, que fuera violadora hasta de los más mínimos derechos humanos. La política del olvido, de hecho,  comenzó el propio 3 de febrero de 1989, día del golpe, cuando por arte de magia, los propios militares sublevados, taponaron todos los rastros de balas en los edificios y las casas, limpiaron los rastros de sangre en las calles y retiraron los cadáveres de los muertos en la contienda reciente. A los pocos días se llamó a elecciones presidenciales, ante la “renuncia” del titular para completar el último periodo presidencial del dictador Stroessner, (1998-1993)

Organizaciones de víctimas del terrorismo de Estado y otras organizaciones civiles están realizando diversas actividades de conmemoración del advenimiento de la libertad en la nación guaraní. Dentro de ese marco y como conmemoración de esa fausta fecha los sociólogos Víctor-jacinto Flecha y Carlos Martini están presentando en una acto público, su nuevo libro “A TREINTA AÑOS DEL GOLPE. Autoritarismo y Democracia en el Paraguay. Comprender el presente obliga a rastrear su origen.”, (Editorial Servilibro) el próximo 7 de febrero, en la capital paraguaya.

El libro tiene como objetivo luchar contra la pérdida de la memoria histórica. Cerca del  40 por ciento de la población paraguaya, por la edad, no conoció la dictadura y tampoco los textos escolares la mencionan.  El olvido invade las mentes de los jóvenes.

El libro

El libro ilustra pormenorizadamente el tiempo del militarismo, el stronismo, sus fortalezas y debilidades, su crisis final; el golpe y los primeros cinco años de la transición, en que se procesa cambios políticos fundamentales: el nuevo Código Electoral; las primeras elecciones municipales en la historia del país, con el triunfo de la oposición en Asunción y en 44 ciudades del interior del país; la nueva Constitución Nacional (1992) que por su origen, elaboración y resultado es la más democrática de nuestra historia, con una nueva forma de Estado definida por la Carta Magna; las elecciones presidenciales en un clima de  libertad y la entrega de un militar a un civil la presidencia de la república en 1993. Se debe anotar, asimismo, la que transición ha demostrado un nítido conservadurismo en lo que se refiere al orden social y económico.

 

El golpe

El golpe del 2 y 3 febrero de 1989 no pude caracterizarse como “un rayo en cielo sereno”. Lejos de tratarse de un acto reactivo, fue incubado y planeado con conveniente antelación, según declaró el general Andrés Rodríguez en un reportaje, que se publica en el libro previamente aludido. Recordemos que el general Andrés Rodríguez había sido consuegro de Stroessner y comandante de la Caballería, la unidad castrense que en ese momento concentraba el mayor poder de fuego en el seno de las FF.AA. paraguayas, y que encabezó el levantamiento contra el régimen stronista.

 

Antecedentes: de unidades graníticas y trilogías

El poder que fue construyendo Alfredo Stroessner desde 1954 en adelante, enarbolaba como eslogan la “unidad granítica” de la tríada gobierno-Partido Colorado-FF.AA., con Stroessner como factor aglutinador y concentrador de todo el poder: presidente de la república, comandante en jefe de las FF.AA. (cargo que ejercía no como derivación del cargo presidencial, sino que seguía siendo militar en estado activo: general de ejército); y presidente honorario de la Asociación Nacional Republicana (ANR), Partido Colorado.  

 

Dicha “unidad granítica” se amalgamaba sobre la base de la exclusión de todo aquello que pudiera eventualmente “hacerle sombra” al dictador. Con esa lógica se realizaron las sucesivas purgas que fueron “fidelizando” a las FF. AA. y a la ANR desde su acceso al poder, -en lo que se denomina como la primera etapa o de consolidación del stronismo-, y que abarcó de 1954 a 1967. A partir de allí, tanto el esquema del poder, como sus actores, sufrieron escasa o nula transformación por prácticamente dos décadas.

 

La heroica resistencia opositora al régimen

 

Si bien la dictadura logró conformar su sistema totalitario, no supuso que la oposición social y política, no existiera, aun cuando su manifestación ostensible pública no fuera masiva. A pesar del terror imperante los sectores democráticos siguieron su lucha, hay veces en forma clandestina y en todos los espacios que la  situación imperante permitía. En los principios de la década de los años setenta pareciera que la sociedad civil recomenzara de alguna forma y reconformarse y una multitud de pequeñas organizaciones como Las ligas Agrarias, el Movimiento estudiantil Independiente, los sectores cultuales, sindicatos obreros. En noviembre de 1974, la policía descubrió a un grupo clandestino que supuestamente se organizaba para un atentado contra Stroessner. La policía declaró que sus integrantes no sobrepasaban la veintena, sin embargo, la represión alcanzó a amplios sectores. A partir de ese incidente, magnificado por el gobierno, se inició un proceso represivo sumamente duro por espacio de tres años, con el objeto indudable de cortar de raíz el proceso evocado de fortalecimiento de la sociedad civil y las organizaciones que se dedicaban a ello. Dentro de esta espiral represiva, en febrero de 1975, se inició una ofensiva intensa contra las Ligas Agrarias. Las comunidades fueron perseguidas por el ejército y desarticuladas todas las comunidades de base. A fines de noviembre del mismo año, una nueva oleada represiva fue desatada contra el clandestino partido comunista. En abril de 1976, la policía descubrió la existencia de un movimiento político-militar O.P.M. La represión alcanza el nivel más alto de toda esta espiral. La capital del país se transformó, en esos días, en una ciudad situada por las fuerzas militar-policiales. La represión abarcó extensas regiones del interior del país, sobre todo, poblaciones campesinas. La violencia manifestada en esos meses no conoció otro antecedente que los meses que siguen al fin de la Guerra Civil de 1947.

Después de estas masivas represiones la misma cambiará de carácter. Dejó de tener la característica de la improvisación para tener un carácter más profesional. La prueba de ello es que la represión no decreció sino que se volvió más sutil, rebuscada y perversa. Se utilizó el sistema de hostigamientos y apresamientos repetidos, constantes, sucesivos, alternados hasta conseguir reducir al elemento disidente: personas u organizaciones. Esto duró casi hasta el final de la dictadura. Si bien estas luchas no lograron derribar la dictadura, pero sí innegablemente contribuyeron a su desgaste.

 

El principio del fin de la estructura de poder Gobierno/FF.AA./Partido colorado.

 

A mediados de la década de los ’80, y en el marco de una espiral económica recesiva marcada por una retracción, tanto de la producción agrícola, como de sus precios en el mercado internacional, surge un movimiento interno que fue ganando espacios en el seno de la administración central y en el de la ANR: se autodenominaban los “Militantes Combatientes Stronistas”.

 

Los “militantes” correspondían al brazo político que en el seno de la Asociación Nacional Republicana (ANR) Partido Colorado, buscaba la instauración de una “dinastía” stronista en el poder, con la figura del Cnel. Gustavo Stroessner, hijo del general-presidente, como “delfín” explícito de ese proyecto, que a efectos de la convención partidaria colorada presentaba la candidatura a la presidencia de la ANR del “Cuatrinomio de Oro”: J. Eugenio Jacquet, ministro de Justicia y Trabajo; Adán Godoy Jiménez, ministro de Salud; Sabino Augusto Montanario, ministro del interior; y Mario Abdo Benítez, secretario privado de Stroessner y secretario político de la Junta de Gobierno de la ANR.   

 

Lo que inicialmente parecía ser fruto de las mentes afiebradas de un grupo fanatizado en el seno de la ANR que buscaba, a partir de la híper-exaltación de la figura de Stroessner, congraciarse con él y ganar más espacios, con el correr de los acontecimientos se develó que contaba con todo el apoyo de Alfredo Stroessner, como no podía ser de otra manera en ese contexto: nada ocurría en ningún ámbito de las esferas oficiales, sin su conocimiento y autorización.

 

La vereda de enfrente

En “la vereda de enfrente” estaba el “Movimiento Tradicionalista” del Partido Colorado, con Juan Ramón Chávez y Luis María Argaña como referentes que hasta hacía poquísimo tiempo habían sido útiles y funcionales a Stroessner, sirviéndole de sostén político, jurídico y legislativo.

 

El escenario de la Convención de la ANR de 1987, marcó el cisma partidario y reconfiguró el tablero político que sirvió de contexto al golpe de Estado de 1989. Una clave para interpretar lo sucedido en la misma, es la intervención de la policía de la capital, dependiente del Ministerio del Interior, (ejercido por Montanaro); que impidió el acceso de los tradicionalistas al recinto de la ANR. Más gráfico, imposible: los tradicionalistas quedaron fuera de la convención, de la conducción de la ANR; y del “nuevo poder”, encarnado por los militantes.

 

El “nuevo poder” y los militares

Las FF.AA. cuyos miembros en su totalidad –obligatoriamente- pertenecían al Partido Colorado, se sintieron impactados por la división y el atropello substanciados durante la Convención partidaria de 1987.

 

Ante esta situación, en una reunión en el Comando en Jefe, la cúpula militar solicitó a Stroesner su intervención ante el cismo planteado por la exclusión de los tradicionalistas (con quienes por décadas habían mantenido relaciones de mutua conveniencia) de la conducción de la ANR. La respuesta fue abrupta y negativa. Desde ese momento, Stroessner dio inicio a importantes cambios en la cúpula militar que apuntaban a reconfigurar el comando de grandes unidades con “leales de nuevo cuño”. Ante la inminente pérdida de espacios –y de poder real-, la reacción de los afectados fue la concepción de un golpe de Estado.

 

De lo planeado a lo ejecutado

El golpe debía de iniciarse el 3 de febrero a las 3 de la madrugada, según declaraciones del general Andrés Rodríguez. Pero se tuvo la información de que Stroessner iría a la casa de Ñata Legal (la amante “oficial”) en la noche del 2 de febrero, por lo que se pensó que se podría apresarlo en ese sitio, pero la operación  falló y como consecuencia de ello, se tuvo adelantar todo el operativo. Se sublevaron la Marina, la Primera División de Infantería, la Aviación y por supuesto, la Caballería. Hubo recios combates en la zona y alrededores del Cuartel Central de la Policía; y en el Batallón Escolta Presidencial. Cuando se fueron sumando a los alzados, otras regiones y unidades militares Stroessner se vio forzado a renunciar. Se cerraba la más larga dictadura que conoció la historia paraguaya  y se iniciaba, así mismo, bajo el liderazgo de Andrés Rodríguez, la más prolongada etapa de libertad política en nuestro país.

 

Treinta años después

Deberíamos preguntarnos, hoy, 30 años después de ese día glorioso del advenimiento de la libertad, si el Paraguay ha logrado superar los profundos atavismos provenientes del régimen dictatorial.

Con certeza  mucho ha cambiado el país. Formalmente esta sociedad nada tiene que ver con esa sociedad cautiva que fue durante el régimen totalitario, pero el  hecho de que la sociedad haya cambiado tampoco supone que la vieja visión y la práctica social se hayan modificado como un todo homogéneo.

Existieron durante todo el proceso, pensamientos y actitudes del viejo tiempo que evidencian hasta hoy día, expresiones bastantes sólidas.

El partidismo ha minado todas las instituciones diseñadas por la Constitución, desde la Corte Suprema de Justicia, el Consejo de la Magistratura, el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, a la Fiscalía General del Estado, anulando la demanda ciudadana por una Justicia verdadera.

Esta práctica se vio reforzada por expresiones de internismo salvaje en los partidos políticos, en tenaz lucha entre sus distintos sectores, que siempre terminan impactando fieramente sobre la institucionalidad de la República, desde el partido que se encuentre en el ejercicio del gobierno.

El sentido que se le da a la mayoría puede barrer todos los derechos de las minorías por ser tales, desde la perspectiva del oré ro manda (la versión guaraní excluyente por antonomasia: “nosotros mandamos”), arrasa con la convivencia democrática. Son actitudes y acciones de quienes viven el ayer como el hoy, presentes en todo momento.

Por otro lado, la corrupción generalizada ha infectado y sigue obstaculizando todo el proceso de cambios.

Todos los problemas y obstáculos de hoy apuntan directamente a su origen en el régimen anterior, que imprimió un tipo de cultura político-social y a la que la transición (1989-1993) ni ha logrado trastocar,  ni ha logrado solucionar los problemas provenientes de ello, como debía ser, cuando se produce un corte radical.

Ello nos lleva al inicio de todo…

De hecho y por todo lo apuntado, nuestro proceso de transición desde una dictadura hacia formas democráticas, no se substanció en un cambio del poder real. En realidad fue un desplazamiento, un cambio en cuanto a las formas de presentarse con –casi todos- los mismos actores.

De ahí que no hubo ninguna voluntad política de un cambio cultural esencial. El pasado permeabilizó absolutamente todo el proceso de cambio. El nuevo-viejo poder es parte de nuestra estructura económico-política, aun treinta años después del golpe. De hecho, el actual presidente de la República, electo en un clima de libertad, Mario Abdo Benítez, es hijo del eterno secretario privado de Alfredo Stroessner y que fuera uno de los pilares sostenedores del anterior régimen.

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